lunes, 9 de marzo de 2015

Capitulo 7 "El Ángel Guardián"


Aquí os dejamos el capítulo 7 de "El Ángel Guardián". La semana pasada se nos olvidó colgar el capítulo correspondiente así que esta semana igual os ponemos dos. Ya podéis poneros con este porque es un poquito más largo que lo habitual. Disfrutad.


CAPíTULO 7
 
Paso una noche terrible.
No he dejado de dar vueltas en la cama, tratando de encontrar una posición cómoda. Las sábanas se me pegan al girar sobre mí misma, y las mantas de poco sirven para resguardarme del frío que ronda por toda la habitación. Encima de mí se oyen las suaves respiraciones de Mitchie, que dormita tranquilamente, y las de Kassandra, que llegó tarde anoche, bastante después del toque de queda, desde la litera de enfrente, más profundas.
No sé qué hora será. Supongo que rondarán las tres o las cuatro de la mañana. El ligero sonido de mis compañeras me mantiene despierta.
No nos engañemos. No es esa la razón por la que no he podido dormir bien. Definitivamente no.
Sé que es una tontería. He asistido a un montón de entrenamientos desde que llegué aquí, y seguramente más difíciles de lo que va a ser el de mañana. O mejor dicho, el de hoy.
Ya no soy la niña delgaducha y floja que era cuando llegué aquí por primera vez.
Aún así, sabiendo todo eso, me pone nerviosa la idea.
Pasan varios minutos más.
Se me cierran los ojos, pero no consigo dormir. Doy vueltas durante unos minutos más hasta que el sueño me atrapa por fin con sus garras y tira de mí. Y yo me dejo llevar de buena gana, cayendo en la oscuridad.

Me despierto de repente por un golpe de algo blando en mi cara. Una almohada. La retiro con movimientos robóticos de la cara, al tiempo que me incorporo con los ojos entrecerrados por la luz, que entra a raudales por la pequeña y única ventanita de la habitación.
Abro los ojos, tratando de enfocarlos en quién me ha tirado la almohada. Una suave risa musical me responde.
Pongo los ojos en blanco.
—Oh, Mitchie. Tienes suerte de que ahora esté dormida— siseo.
Ella se ríe.
Esta apoyada en la puerta del baño, y tiene la cara salpicada de finas gotitas perladas. A su lado, en su litera, Kassandra duerme profundamente.
Bostezo sonoramente.
—¿Qué hora es?— pregunto.
Ella mira su reloj.
—Casi las siete menos veinte— dice. Al ver que yo levanto las cejas añade: —No te pongas histérica, te sobra tiempo.
Abro la boca para replicarle, pero la cierro enseguida. Es cierto que la puntualidad me obsesiona. Odio a los que llegan tarde.
Mitchie, al no oír mis quejas, esboza una sonrisa de satisfacción.
Me aparto la rígida manta y me incorporo lentamente. Siento un ligero dolor punzante en la cabeza. Me llevo la mano al lado izquierdo de la nuca. Lo sabía. Se me ha formado un chichón, del tamaño de un huevo. Agg, maldita sea la barra de metal de mi cama. Esta vez tengo cuidado con ella al levantarme.
Lo primero que hago es echarme una chaqueta sobre mis brazos desnudos y mi improvisado pijama. Si es que a una camiseta vieja y un pantalón de chándal se le puede llamar pijama, que no estoy segura. Recuerdo que, de pequeña, por mi cumpleaños, mis padres me regalaron una vez una bata de franela, cómoda y calentita. Ahora mismo la echo de menos. Mis pies descalzos entran en contacto con el suelo, que a decir verdad, si estuviera más frío podría servir como pista de hielo. Lo cierto es que resbala igual.
Mitchie observa divertida cómo me estremezco, me froto los brazos entumecidos y me encamino al baño para ver si un poco de agua fría puede despertarme un poco.
—Sí, muy divertido, Mitch— le digo, seca.
Ella me mira con una sonrisa maliciosa.
—Oh, vaya, parece que alguien se ha levantado con el pie izquierdo hoy…
Le saco la lengua.
—En realidad, creo que han sido los dos a la vez— le contesto burlona. Ella hace una mueca divertida desde el calor de su chaqueta, y debajo su jersey.
—Siempre he querido robarte ese jersey, lo sabes, ¿verdad?— le digo con voz maliciosa.
Me lanza un guiño.
—Sí, sobre todo por su forro de plumas calentitas— dice regodeándose, y yo le lanzo una mirada asesina.
—Anda, cállate y despierta a nuestra querida bella durmiente ¿Quieres? Será culpa nuestra si llega tarde.
Mitchie suelta un sonoro resoplido.
—Tampoco pasaría nada, nadie la echaría en falta…— reniega ella, y deja la frase sin acabar— Además, no tengo ningún príncipe azul.
—¿Has mirado bien en los bolsillos?— me lanza una mirada cómplice y yo pongo los ojos en blanco. Mitchie es incorregible.
Llego al baño y paso de cerrar la puerta con cerrojo, así que la dejo entreabierta. Ya no me da tiempo a ducharme, y seguro que Mitchie me habría dejado el agua fría. Enciendo el grifo del lavabo y trato de que salga un poquito más caliente. Misión imposible, definitivamente.
Al otro lado de la puerta oigo las palabras de Mitchie, que trata de despertar a Kassandra, y posteriormente, los quejidos adormecidos de esta última.
Lleno mis manos de agua helada y me la hecho por la cara. Suelto un chillido hogado. Está congelada.
Bueno, por lo menos servirá para despertarme. Me seco con una toalla que encuentro colgada en un asa de metal, junto al lavabo. Parece ser que alguien ha repuesto las que gastamos nosotras ayer.
Tengo la sensación de que ha pasado toda una eternidad desde entonces. Pero solo fue hace un día. El tiempo se me ha pasado muy despacio.
Salgo del baño y Kass ya está despierta, con aire enfurruñado, y jugando con las esquina de la sábana de su cama. Cuando me ve se levanta, camina apresuradamente a mi lado y se encierra en el cuarto de baño. A los pocos segundos oímos como se cierra el cerrojo desde dentro.
Mitchie está apoyada en nuestra litera, con el ceño ligeramente fruncido, y dando golpecitos impacientemente con el pie en el suelo. Alzo una ceja.
Parece querer empezar a soltar tacos en cualquier momento. Le lanzo una mirada silenciosa, invitándola a hacerlo.
Ella me responde con un gesto con los dedos que quiere decir claramente “Luego te cuento” yo asiento mientras ella se sienta en mi cama.
Me agacho para mirar debajo de mi cama. Arrugo la nariz, y trato de respirar lo menos posible, pero aún así, suelto un estornudo. Esto está lleno de polvo. Mitchie se ríe.
Entrecierro los ojos, tratando de vislumbrar algo en la oscuridad. Distingo un bulto deforme. Ahí está. Mi bolsa de lona. Anoche le di una patada que le mandó al fondo del hueco de la cama.
Extiendo el brazo, tratando de alcanzarla, pero está demasiado metido, por lo que mi brazo no llega.
—¿Mitchie?— pregunto poniendo un tono inocente.
Mitchie se agacha junto a mí. En ese instante oigo el agua de la ducha empezar a caer al abrirse el grifo.
Le señalo a Mitchie con una mano la deforme forma de mi bolsa de lona. Ella suspira y extiende el brazo para alcanzarla. Tiene que meter el hombro hasta el hombro, pero consigue llegar hasta ella. Hay veces en las que me gustaría ser tan alta como ella, y esta es una de ellas. Pero cada uno nacemos como nacemos, y no se puede hacer nada al respecto.
Me tira al regazo la bolsa y se sube a su cama. Mascullo un inteligible “Gracias” y la abro de un tirón. Saco las dos primeras prendas que veo, vuelvo a dar otro tirón al cordón que cierra la bolsa y la empujo de nuevo bajo la cama.
Me pongo unos pantalones elásticos y flexibles negros, parecidos pero sin ser a las mallas, y perfecto para hacer ejercicio físico. Dudo que luego nos dejen tiempo para cambiarnos. Encima de mi top deportivo me echo una camiseta ajustada blanca, de esas que transpiran y te mantienen en una temperatura corporal adecuada, y encima mi chaqueta de chándal. Abrocho los cordones de mis deportivas blancas, me hago una coleta alta y llamo a Mitchie.
—¿Estás lista?— pregunta ella, mientras se baja de la cama de un salto.
Yo asiento con la cabeza.
—Pues entonces vámonos— sugiere, y en ese momento la ducha se apaga— Me muero de hambre.
Antes de salir, se vuelve y grita:
—¡Kass, cierras tú, danos luego la llave!
Entonces salimos y oímos un desesperado: “¡No, esperadme…!”
La puerta se cierra con un chirrido.
—Muy tarde— respondo sonriendo.
—Estoy empezando a pensar que somos demasiado crueles— dice mi amiga, mordiéndose el labio divertida.
Me encojo de hombros, meto las manos en los bolsillos de la chaqueta y echo a andar, con Mitchie pegada a mis talones.
Esta vez no tardamos demasiado en encontrar el comedor, Cuando estamos a punto de cruzar la puerta de entrada oímos un grito de chica llamándonos.
—¡Leia!
Nos volvemos y encontramos a Kalie corriendo hacia nosotras, aparentemente encantada con algo.
—Hola Kalie— dice Mitchie, sonriendo— Se te ve contenta. ¿Algún motivo especial? ¿Ha pasado algo?
Kalie se lleva una mano al pecho, fingiendo estar ofendida.
—¿No puedo estar feliz sin ninguna razón oculta?— Mitchie y yo intercambiamos miradas atónitas— Bueno, vale— admite ella con una risita— Es Marcus. Ha venido hace unos minutos a mi habitación
Alzo una ceja.
—¿Y eso es… un motivo de celebración?—  pregunto extrañada.
Kalie duda.
—Bueno, normalmente no es bueno— coincide ella— Pero en este caso sí.
Nosotras la miramos expectantes mientras entramos al comedor.
—Van a cambiar de habitación a Kassandra— dice sonriendo.
A nosotras se nos forma en el rostro una expresión de duda.
—¿Y adonde le van a llevar? — pregunta curiosa Mitchie.
—Eso es lo mejor— contesta Kalie, radiante— La van a mandar a mi habitación.
—¿Qué?— digo— Pero eso es muy malo… Un momento, vuestra habitación está completa, ¿cierto? ¿Entonces a quién nos van a meter a nosotras?
—¡A mí!— exclama Kalie, y nos abraza. Me recuerda mucho a una niña pequeña de esas a las que es imposible no querer.
Mitchie es la primera en soltarse.
—Pero… ¿Por qué?— pregunta, con franca curiosidad— Tenía entendido que Marcus no quería que estuvieras con nosotras…
Kalie se encoje de hombros.
—Respecto a eso… parece que se llevan bien.
Mitchie pega un bote.
—¡Já! ¡Lo sabía!— exclama— ¡Ya la tienen fichada! ¿Le habrá sobornado con algo?— pregunta.
Pongo los ojos en blanco y me acerco a la fila que espera junto a la barra, esta vez con un plato en vez de una bandeja.
A mi espalda, Mitchie sigue parloteando sin parar a una Kalie que no sabe que excusa poner para escabullirse.
La anciana de la barra nos ofrece a cada uno un bol de cerámica, algunos con la esquina desportillada, llenos hasta el borde con algo viscoso, que parece… ¿Gachas? Un bol de leche lleno de gachas, creo. Otra mujer nos coloca en el plato un vaso de zumo en equilibrio, y la última nos da un paquete de galletas y una cuchara. Mmm… amo las galletas.
Cuando coloco la bandeja en nuestra mesa de siempre, la más alejada de la puerta, oigo un sonoro “Crash” a mi espalda, y me vuelvo. Veo a un Aspirante del pelo rubio ceniza con una expresión de pánico en el rostro, mirando el vaso hecho añicos de pequeños cristales distribuidos por el suelo y una gran mancha naranja distribuyéndose rápidamente por el suelo. Sé por qué está asustado. Es una tontería que le puede acarrear un castigo si alguien que yo me sé lo ve, y claramente el chico está pensando lo mismo que yo. A mi lado pasa una sombra veloz que deja su bandeja junto a la mía, coge un fajo de servilletas y se arrodilla junto al charco naranja. Mitchie. Le ofrece un par de servilletas al chico con una sonrisa y los dos empiezan a limpiarlo todo. Pongo los ojos en blanco y me siento en mi silla, junto a Kalie, que observa divertida la situación.
Para cuando empezamos a comer, Mitchie ya ha vuelto, y porta una radiante sonrisa. El único resto de donde hace unos minutos había habido un gran charco de zumo es un trozo de suelo más reluciente que lo demás.
—Me había equivocado, las gachas no están tan malas como pensaba— dice Mitchie, con la boca llena.
—¿En serio?– pregunto alzando una ceja. Yo no he probado las mías.
—No. Están peor— responde Mitchie encogiéndose de hombros— Saben horribles, las odio.
Kalie se ríe y yo aparto el bol con cara de asco.
En ese momento Marcus pasa al lado de nuestra mesa, y se queda mirando el bol de gachas apartado y lejos de mi alcance.
—Si yo fuera tú, me lo comería— dice con un tono de voz extraño y me lo acerca— Hasta las dos queda mucho tiempo.
Yo lo acepto a regañadientes y me llevo una cucharada a la boca. Está realmente asqueroso. Pero bueno, he tenido que comer cosas peores en mi vida. Marcus se va y me llevo el vaso de zumo a los labios para ayudarme a pasar las gachas.
Cuando termino mi bol me guardo el paquete de galletas en el bolsillo para comérmelo luego.
No mucho tiempo después de que hubiese terminado mi desayuno el barullo empieza a formarse conforme los Iniciados terminan de comer. Unos minutos después alguien pide silencio y Marcus se levanta.
—Está bien, Aspirantes— empieza Marcus— Preparaos. Tenéis que estar en treinta minutos en la sala de entrenamiento. Podéis aprovechar para ducharos o cambiaros, pero no quiero rezagados en mi clase. Os espero allí, llevad ropa cómoda. Podéis levantaros, ordenadamente— termina poniendo mucho énfasis en la última palabra.
Mitchie me lanza un susurro bien disimulado.
—Le veo un poco… ¿Amable? ¿Le habrá pasado algo?
Solo puedo asentir. Sí que es cierto que yo también le noto un comportamiento extraño.
El sonido de sillas arrastrándose llena el aire de la sala y nosotras nos levantamos, dejamos la bandeja en la ya larga fila de ellas, y nos dirigimos hacia la puerta. Está totalmente colapsada.
Nos hacemos a un lado hasta que se libera un poco, y luego salimos de allí caminando hacia nuestra habitación.
Cuando pasamos por delante de la habitación siete, Kalie se detiene y llama a la puerta.
Yo la miro extrañada y digo:
—¿No te habían cambiado a nuestra habitación?
Ella asiente y añade:
—Sí, creo que no os lo había dicho, será a partir de la semana que viene— en ese momento se abre la puerta de su cuarto. Una chica de trenzas sonriente aparece en el umbral. Kalie entra despidiéndose de nosotras con una mano y con la otra cerrando la puerta a su espalda.
Mitchie se encoje de hombros mientras llegamos frente a nuestra puerta, y empieza a rebuscar en sus bolsillos. Las dos nos damos cuenta de algo a la vez.
—Las llaves las tiene Kass— decimos a la par.
Lanzo una maldición y me siento en el pasillo, contra la pared y con las piernas extendidas, tal y como hizo Kassandra ayer, mientras Mitchie llama a la puerta tratando de comprobar si Kass está dentro, sin éxito.
Pasan dos, tres, cuatro minutos y yo sigo sentada en la misma posición, mirándome las zapatillas, pensando. Puede que Kassandra esté dentro, ignorándonos, tal y como hicimos nosotras. Un sonoro “clic” metálico me saca de mis pensamientos, y alzo la cabeza. Veo a Mitchie guardándose algo en el bolsillo, y tras ella, la puerta abierta. Me levanto de un salto, y formulo una pregunta sorprendida, pero Mitchie me corta antes de que pueda abrir la boca.
—¿Qué como lo he hecho?— adivina ella— Es un secreto.
Un objeto alargado de metal asoma por un segundo por su bolsillo, y luego vuelve a hundirse en él.
No digo nada al respecto, y me limito a entrar en la habitación.
Mitchie empieza a cambiarse a toda velocidad, y yo me encuentro tumbada bocarriba en su cama, relajada. Hemos intercambiado papeles; ahora ella es la histérica con la hora y yo soy la calmada.
Cuando se ha puesto ropa cómoda, busca en el plano la “sala de entrenamiento”, y lo memoriza mientras se prepara para salir. Yo bajo perezosamente de la cama y tiro a la mía mi chaqueta. No creo que esta vez la vaya a necesitar.
Salimos de la habitación, y cerramos bien la puerta. Si Kassandra quiere entrar, que entre, tiene las llaves.
Nos dirigimos por un nuevo camino esta vez, subiendo un par de pisos, hasta llegar a un amplio rellano tenuemente iluminado por candelabros. ¿Qué les costará hacer unas ventanas? No creo que sea muy complicado.
Desde dentro ya se oyen voces, a gran volumen, unas entusiastas, otras asustadas. A mí personalmente me da igual.
Mitchie me pone la mano en el hombro y yo me sobresalto. Vale, puede que esté un poquito más nerviosa de lo que quiero dejar ver.
—¿Y si  esperamos a Kalie?— sugiere ella.
En su voz se nota también cierto tono de nerviosismo.
Yo me encojo de hombros, en señal de que a mí me da lo mismo.
—Vale— contesto.
Nos quedamos paradas en el umbral, sin entrar, esperando a Kalie.
Por fin esta aparece, sola, andando tranquilamente hacia la sala. Cuando nos ve apresura algo el paso, y se detiene frente a nosotras con una sonrisa intranquila. Nosotras le devolvemos otra. Va vestida con unas prendas de chándal azul claro, un pantalón y una chaqueta fina, y debajo de esta, una camiseta de algodón blanca. Por un lateral asoma la etiqueta.
—Hola— le saludamos— Te estábamos esperando.
Ella alza una ceja y sonríe de medio lado.
—No teníais por qué— asegura ella.
Mitchie se encoje de hombros.
—Eres nuestra amiga. Es lo mínimo que podemos hacer— dice Mitchie, y se ve recompensada por la sonrisa fugaz de Kalie.
A nuestro lado pasan un grupito de chicas, con Kassandra entre ellas, riendo como una tonta.
No nos mira cuando pasa.
Kalie la sigue con la mirada hasta que las chicas se pierden dentro de la sala.
—Bueno, pues aquí estoy— contesta Kalie.
Juntas, empujamos las altas y pesadas puertas metálicas de la sala de entrenamiento y entramos a la habitación.




Es una sala amplísima.
Las altas paredes rocosas son alumbradas por antorchas apagadas colocadas a intervalos. Mis ojos se ven atraídos por los grandes ventanales con rejas metálicas negras, por donde entra a raudales una cálida luz. Tras ellas, se ve el cielo azul, sin ni una sola nube entorpeciendo el paso de la luz. Un “día puro” habría dicho Ainhoa. Aunque, quién sabe, quizá esté allí ahora mismo, observando el mismo cielo que estoy viendo yo, junto a Bethany, la única amiga de verdad que le queda allí. Recuerdo un día que me la había encontrado distinta. Llevaba las puntas de su melena rubia teñidas de un azul precioso, y yo le pregunté por qué. Ella no respondió, simplemente señaló el cielo, que ese día fue tan puro como el de hoy, y dijo: “Allí, más allá de las colinas verdes, hay otro mundo, lo presiento, lo sé. Y ese azul es el mismo color del cielo que están viendo ellos. El que nos correspondería estar viendo a nosotras. El que algún día veremos, cuando escapemos de esta cárcel” En ese momento pensé que estaba loca. Ella solía tener ataques del estilo a menudo, de libertarismo. Cree estar encerrada. Personalmente, tampoco me gusta la limitada libertad que tenemos, pero allí, tras las colinas, no hay nada. Sólo más ruinas. En el fondo debe de saberlo.
Grandes columnas de cemento blanco sujetan el alto techo hecho por placas de piedra antigua. Debemos estar en el último piso. Anchas vigas de metal aseguran el aguante del techo, atravesando el perímetro de la sala y uniéndose a las columnas en el centro de la habitación.
Ahora que me fijo bien, las columnas no están totalmente desnudas: la basa y el cuerpo de cada una de ellas están acanalados, creando una sensación extraña en contraste con el techo y las vigas de metal, y el capitel decorado minuciosamente con formas geométricas; pero la mayoría de ellas están destrozados por el paso de los años. Me imagino cuántos siglos puede haber estado en pie este edificio, y cuántas veces habrá tenido que ser reconstruido y remodelado. Estoy segura de que las vigas de metal no estaban aquí cuando se levantó esta construcción. Al menos debe de estar aquí desde que los primeros ángeles caídos fueron expulsados del cielo y empezaron a poblar los rincones oscuros de la tierra.
Poco a poco este pequeño grupito variopinto fue aumentando hasta formar un grupo considerable. Crearon para ellos una nueva vida, y establecieron un objetivo común: destruir a aquellos que habían sido responsables de su expulsión del cielo. Eso englobaba a todos los ángeles puros, y si podían llevarse con ellos a alguien más, tanto mejor. Y luego pretendían gobernar el mundo ellos, los ángeles caídos. Empezaron con cosas pequeñas, como quemar las casas de los humanos, asesinarlos. Lo que fuera para atraer a los ángeles puros a la Tierra.
No tardaron demasiado en lograrlo.
Los ángeles, alarmados por los extraños y repetidos asesinatos, mandaron gente a comprobar qué había alterado el orden. Y con cada cuerpo más, encontraban lo mismo.
Una pluma negra con su extremo inferior manchado de sangre.
Desde ese momento, ese fue el símbolo de los ángeles caídos, una pluma manchada de sangre. Una promesa de venganza. Fue en ese instante, cuando empezaba a formarse el caos arriba, cuando ellos dejaron de llamarse ángeles caídos, y pasaron a llamarse ángeles oscuros.
Luego empezaron las guerras.

Eso es lo que dicta el libro de historia angélica.

Los ángeles puros, obviamente no se lo esperaban. Ellos creían que iban a tener con luchar con cuatro ángeles caídos mal nutridos, y torpes, pero les sorprendió lo que encontraron: cientos y cientos de ángeles oscuros, fornidos, armados hasta los dientes con todo lo que habían podido encontrar. Los ángeles puros, totalmente desprovistos de armas para acabar con ellos, fueron cayendo uno a uno.
Pero había más ángeles puros.
Y desde entonces han combatido sin tregua, sin haber ganador, pero tampoco perdedor.
En el lateral izquierdo de la sala, clavadas en el suelo, hay al menos cuarenta esculturas a tamaño real, pulidas pulcramente. En el extremo derecho también las hay, ambos grupos colocados frente a frente. Uno de los lados representa a los ángeles oscuros, cuyos rostros muestran una expresión feroz, y portan armas rudimentarias, mazas, hachas de guerra, cuchillos tan largos que parecen espadas.
El más cercano a mí viste con una túnica. Todas las estatuas son de un feo color blanco sucio, tirando a gris, y todas llevan una expresión aterradora en el rostro, de esas que parecen capaces de derretirte. Esta porta un cuchillo tan largo como mi antebrazo, uno de sus lados aserrados. Podría jurar que la estatua representa que está hecho de hueso. Hueso pulido y afilado. Demuestran tanto odio…
En el otro lado del salón están los ángeles puros. Muestran exactamente lo contrario que los ángeles oscuros. Sus rostros, en vez de aterradores, tienen una expresión cuidadosamente neutra, como si hubiese sido borrada intencionalmente, pero al tiempo demuestra armonía y…. ¿Paz? No estoy segura. Sus ropas son apenas visibles bajo la gruesa armadura. Un casco cubre la mayor parte de sus cabezas. Sus armas, al contrario que las de los oscuros, parecen desprender luz propia. No podría explicar cómo, pero realmente da esa impresión. Como si estuvieran ardiendo. Armas celestiales. Es irónico.
Ambos lados de la sala parecen estar observándose mutuamente, preparándose para entrar en combate. En este salón han reproducido el comienzo de una batalla entre ángeles. Muy sugerente.
Las esculturas ocupan unos pocos metros, una mínima parte de la gran sala. Parecen formar una especie de pasillo que conduce al otro lado de la habitación, donde esperan ya la mayoría de los Aspirantes.
Nosotras avanzamos lentamente, como si tuviéramos algo pesado en los zapatos, mirando las esculturas ambos lados de la amplia habitación. En mitad del pasillo hay talladas unas letras que sobresalen un tanto del frío suelo empedrado.

In omnia saecula bellum. A bello non potest vinci, sed semper ad merces.

Llevo varios años tomando clases de latín, aunque no es para nada mi fuerte. Pero aún así, logro entender lo que dice la inscripción.

“La guerra interminable. Una batalla que no se puede ganar, pero siempre se ha de librar”

Ambos grupos de ángeles tienen las alas extendidas. La única forma de distinguirlos entre ellos es por sus vestimentas y rostros. Según vamos avanzando distingo nuevas figuras, ocultas tras las alas de los ángeles puros. A diferencia de los que les protegen, este grupito no tiene alas.
Somos nosotros.
Estas últimas figuras son algo más pequeñas que los ángeles que los protegen. Bueno, en la realidad también es así, pero en esta representación lo han remarcado para hacerse notar quién es quién. Aunque a quién van a engañar.
Los ángeles nos desprecian por ser humanos.
En sus rostros, a diferencia de la expresión neutra de los ángeles, hay expresiones furiosas. Demuestran odio, pero no llega a asemejarlos a los de los ángeles oscuros. Quieren verlos muertos. Eso lo dejan claro. También, pero en bastante menos medida, se ve algún rostro asustado. Son “las ovejas negras” que diría Maia.
Mitchie también se ha percatado de ellos. Me los señala con un dedo, y yo asiento casi imperceptiblemente. A mi otro lado, Kalie nos sigue muy de cerca, intentando mantener una expresión serena, pero sus ojos la delatan. Tiene miedo, como todos nosotros. Seguimos andando y dejamos atrás las estatuas. Mitchie aparta la vista de las esculturas y la fija en la espalda del muchacho rubio, su mirada  extraña.
En el otro lado de la sala esperan ya la mayoría de los Aspirantes, incluida Kassandra, apoyada en una de las columnas. Me percato de otra cosa. En esta parte de la habitación, las columnas son diferentes. Están construidas con pequeñas figuritas. Representan nuestra historia.
De nuevo, muy sugerente.
En la pared del fondo hay un amplio estante, lleno hasta los topes de armas. Pero estas no son iguales que las de los ángeles puros de antes. Son más simples, más corrientes. Y desde luego no parecen desprender fuego. Armas de diferentes formas y tamaños recorren cada centímetro de la pared, desde diminutas y ligeras dagas, hasta espadas con aspecto de pesar varios kilos, pasando por mandobles de guerra. Pero todas tienen algo en común: parecen realmente mortíferas. Pero sería improbable que fuera así, teniendo en cuenta que están hechas para nuestro entrenamiento. Vamos, que las usaremos en peleas entre nosotros. ¿Se arriesgarían a que algún Aspirantes acabase con un brazo o hígado agujereado?
En una de las vigas del techo han asegurado largas cadenas de hierro, separadas por un espacio de uno  o dos metros unas de otras, que descienden hasta el suelo. En la zona inferior de las cadenas, atadas a cada una, hay un saco de boxeo. Deben de haberlo traído de una de esas ciudades que aún quedan intactas, de esas que aún desconocen nuestra existencia. Me pregunto cuánto tiempo más será así. Hago una mueca. Tienen aspecto de pesar una tonelada. Bueno, no exageremos, quizá no llegue a una tonelada, pero si pesará varios pares (y me refiero a muchos pares) de kilos. Cerca de los sacos hay una especie de ring de combate bastante rudimentario. Algo más alejado hay una zona de lanzamiento de armas, las dianas agujeradas, pintadas con colores vivos, que hacen imposible no ser vistas desde bastante distancia atrás.
En otra de las vigas, amarradas firmemente y aseguradas por piezas de metal, caen hasta quedar a algo menos de un metro y medio del suelo, unas gruesas cuerdas con un nudo atado a la base, para evitar que las cuerdas se deshilachen por el paso del tiempo y el uso.
No mucho más llama mi atención sobre la sala. En una esquina de la habitación hay una pequeña puerta que conducirá a un almacén o algo por el estilo, supongo.
Marcus, sorprendentemente, ya ha llegado, y camina por la sala lentamente, observándonos a cada uno de nosotros con ojos de águila. A su lado, aparentemente incómodos, le siguen tres hombres. A primera vista no reconozco a ninguno, pero conforme nos acercamos identifico a uno de ellos. Es Gabriel, uno de los ángeles de ayer. Este cuchichea discretamente con los otros dos hombres, que es probable que también formaron parte del grupito de ángeles. Todos tienen más o menos la misma altura y complexión. Parecen perritos falderos, todos corriendo tras Marcus como si no tuvieran otra cosa mejor que hacer. Normalmente sería al revés. Marcus debería correr tras ellos. Para que los ángeles hayan desarrollado cierto respeto hacia él, algo debe de haber pasado, porque Marcus no es un ángel, ¿No? Pongo los ojos en blanco, tragándome las ganas de comentar algo sarcástico al respecto, y me limito a contar los Aspirantes que han llegado ya. Cuento dieciocho, incluyéndome a mí. Ya estamos todos.
Parece ser que Marcus también se ha dado cuenta de ello, porque se detiene en seco mirando la habitación. Los ángeles se detienen también, mirando algo al otro lado de la sala.
Marcus intercambia un par de susurros con ellos y estos se hacen a un lado.
Nuestro instructor se lleva algo que le cuelga del cuello por una cuerdita, un silbato, y suelta un fuerte y agudo pitido. Me llevo la mano al oído derecho. Es estridente y molesto.
Cuando todos nos hemos reunido empieza a decir algo, aunque no oigo nada, pero veo sus labios moverse. El bocinazo me ha dejado sorda. Me pierdo sus primeras palabras hasta que consigo que me dejen de pitar los oídos.
—…sabéis, durará tres horas y media, luego habrá un pequeño descanso, y luego tendréis que volver aquí de nuevo— oigo decir a Marcus— Ahora realizaremos una prueba a vuestro… físico— pone bastante énfasis en esta última palabra, no sin malicia— Y para ello,— se vuelve hacia los ángeles, que esperan impacientes— Estos amables ángeles puros se han ofrecido a ayudarme…
Marcus es interrumpido por el chirrido de las grandes puertas de metal al abrirse. Tras ellas, otros dos ángeles más que hablan animadamente, tanto su tono como su postura, tranquila, despreocupada. Caminan tranquilamente, excesivamente despacio. Me doy cuenta de que están intentando irritar a Marcus. Una leve sonrisa eleva las comisuras de mis labios.
Pero esa sonrisa se borra en cuanto identifico a uno de ellos. Mierda, mierda, mierda. Es él.
¿No podía haberse quedado en casa? No, por lo visto tenía que venir a fastidiar.
Los dos nuevos ángeles llegan junto a Marcus y hacen una exagerada reverencia. Este fuerza una sonrisa.
—Vaya, ¿qué tenemos aquí?— dice Marcus— Otros dos magníficos voluntarios que vienen a echarnos una mano con este grupo de torpes— nos lanza una mirada de soslayo.
Castiel desliza una mirada perezosa por todos nosotros, y entrecierra los ojos.
—Yo no creo que sean unos torpes— hace una pausa, pensativo— O al menos, no todos— su voz suena aburrida, casi fría— Y de todas formas, yo no he dicho que vaya a ayudar a nadie con nada. Simplemente vengo a…observar.
Dicho esto, se apoya en una columna y cruza los brazos.
Marcus tensa la boca. Parece querer soltarle una bofetada. No lo culpo, Si yo fuera él, probablemente ya lo habría hecho. Y si hubiésemos sido nosotros quienes hubiésemos cometido la impertinencia, probablemente él también lo habría hecho. O algo peor.
—Agradeceríamos vuestra ayuda…
—He dicho que no— espeta Castiel— No me repliques. Sabes que puede pasar…
Marcus lo corta de golpe.
—¡Vale!— dice, levantando las manos, molesto— ¡Vale! Haz lo que quieras. Observa, lo que te dé la gana, pero no molestes.
Castiel se frota la barbilla, burlándose de Marcus.
—En realidad, ahora me apetece ayudaros— replica Castiel, divertido.
Pongo los ojos en blanco.
Marcus se lleva las manos a la espalda, exasperado. Supongo que tiene que hacer algo con ellas para evitar estrangular al ángel, que observa su reacción con profunda satisfacción.
—Está bien— dice, tratando de calmar su tono— Quiero que elijáis a tres o cuatro Aspirantes cada uno y os ocupéis de ellos— se vuelve hacia los otros tres ángeles, que esperan con el ceño fruncido— Ya habéis oído.
Los tres ángeles se juntan con los otros, pero mantienen una distancia considerable. Parecen despreciarse unos a otros.
Veo a Gabriel seleccionar a dedo tres Aspirantes, y llevarlos a la zona de lanzamiento de armas. Su compañero hace lo mismo y se va a la misma zona con Gabriel, seguido por los temblorosos Aspirantes. Castiel coge a otros cuatro al azar y se va hacia el ring de combate. Su amigo nos señala a Kalie, dos chicos que no conozco y a mí. Me despido con una mano, silenciosa, de Mitchie, que frunce el ceño al ver que la separan de mí, que le toca con uno de los ángeles aburridos, y que además va con Kassandra la “popular”. Intercambiamos una última mirada apenada, y seguimos a nuestro entrenador hasta la zona de cuerdas.
Lanzo un resoplido. Lo que menos me gusta. Bueno, miento, el grupo de Mitchie ha ido a ver las armas de la pared. Mientras su entrenador va cogiéndolas y explicando cosas sobre ellas, Mitchie me lanza una mirada resignada.
Vuelvo la cabeza para delante y me encuentro a mi entrenador a pocos centímetros de mi cara. Pego un bote. Él sonríe con satisfacción.
—¿Sunshine, cierto?— dice, aún sonriendo— Lo primero que has de aprender: nunca apartes la atención del enemigo. Porque entonces— mueve una pierna, veloz, y de repente estoy caída en el suelo— Pasará esto. Nunca dejes que el enemigo te sorprenda.
Dicho esto, me ofrece la mano para que me levante, y yo la acepto, todavía confusa.
—¿Cómo has…?— balbuceo.
—Esa es una cosa que aprenderéis a su debido tiempo— responde, anticipándose a mi pregunta.
Se aleja de mí. A pesar de estar ahora lejos, puedo ver decenas de pecas que le hacen parecer más joven; más incluso que yo, aunque sé que me saca por lo menos varios años años. Su mirada se vuelve a encontrar con la mía, y una sonrisa burlona se enciende en su rostro, haciendo que aparte la vista. Odio que la gente tenga esa capacidad sobre mí.
—Me llamo Uriel— se presenta. Su voz tiene un timbre extraño, casi musical. Uriel… Es un nombre raro— Y bueno, como vuestro instructor ha dicho… ¿Marcos, se llamaba?— pregunta.
—Marcus— dice Kalie suavemente.
Uriel le dirige una mirada de aprobación.
—Pues casi acierto, entonces— admite Uriel— Como iba diciendo, vuestro instructor Marcus…— lanza una mirada interrogante a Kalie, que asiente y sonríe— Me ha encargado ocuparme de vosotros durante el tiempo que estéis aquí, en el complejo.
Uno de los chicos interrumpe.
—¿Tú serás nuestro entrenador durante las dos semanas?
Uriel entrecierra los ojos, pensativo.
—Por ahora, sí. Al menos mientras mantengamos lo que acordamos.— responde— En la mayoría de los entrenamientos yo seré vuestro monitor. Otros serán conjuntos. Y puede que no sean las dos semanas, habrá gente que no aguante tanto tiempo— añade, con un tono serio.
Los cuatro Aspirantes del grupo nos tensamos al instante.
—Era broma— dice Uriel, haciendo un gesto de obviedad— Estoy seguro de que vosotros cuatro pasareis sin problemas.
Sé que lo cree en serio, y a mi alrededor noto los cuerpos de los otros relajarse. Pero yo no estoy tan segura. Como él mismo ha dicho, hay que estar en constante alerta; no podemos relajarnos.
—Y bueno, vosotros ¿cómo os llamáis?— pregunta Uriel, aparentemente tranquilo. De repente me alegro de que nos haya tocado él. Parece sin lugar a dudas el más simpático de los cinco.
Nosotros nos miramos.
—Yo soy Daniel—dice el que tengo a mi lado, de pelo castaño muy oscuro— Pero prefiero Dan.
Uriel le hace un gesto con la cabeza a Kalie, y esta habla.
—Yo soy Kalie— dice, y por primera vez desde que la conozco, no parece asustada. Todo lo contrario, parece cómoda con el entrenador que nos ha tocado.
—Michael— dice el otro chico, y solo quedo yo.
—Yo Leia— digo, con el tono más neutro que puedo.
Uriel repasa los nombres señalándonos uno a uno.
—Kalie— dice señalándola, y ella asiente, complacida— Tú eras….
Señala con un dedo a Michael.
—Espera, que me lo sé. Era… ¿Michael, tal vez?
Este asiente casi imperceptiblemente.
—Vale— dice Uriel— Tú eras Dan, y tú eras… ¿Paula?
Siento una ligera decepción al ver que se le ha olvidado ya mi nombre, y abro la boca para replicar.
—Solo bromeaba. Tú eras Leia.
Yo asiento.
—Bueno, pues ya estamos todos. ¿Sabéis escalar?— pregunta Uriel, echando un vistazo a las sólidas cuerdas— Escoged una cada uno. Os dejaré un rato libre para que practiquéis. Luego haremos un juego.
Eso de “juego” podría haber sonado infantil en boca de cualquier otro, pero en la suya no. En la suya suena más bien a “reto”. Kalie y yo nos acercamos a una de las cuerdas cada una, y los otros Aspirantes hacen lo mismo. Sigue sobrando una.
Uriel la observa un segundo antes de sugerir.
—Bueno, pues si esta no tiene nombre, me la quedo yo, ¿De acuerdo?
Pongo los ojos en blanco, y le susurro a Kalie:
—Es demasiado entusiasta.
—Puede que sea solo el primer día así— responde esta.
—O puede que no. Nunca he sido serio, en realidad— dice Uriel. Ha escuchado mi comentario— O quizá lo sea con todos excepto con vosotras.
Pongo los ojos en blanco y agarro mi cuerda con las dos manos. Dan ya nos lleva ventaja a todos; va casi por la mitad de la suya, que equivaldrá a unos siete metros de altura. La altura de la cuerda completa será de catorce o quince metros.
Me agacho un poco doblando las rodillas para darme impulso, y después salto lo más alto que puedo. Calculo mal la altura y me quedo sentada en el nudo de la base. Uriel me mira burlón. Ignoro su mirada, y me vuelvo a impulsar, mis manos tratando de subir. Consigo levantarme y me quedo de pie apoyada en el nudo. Me estoy imaginando la imagen ridícula que estaré dando. Menos mal que Marcus no está aquí. Lo busco con la mirada y veo que está en el ring de combate, hablando con Castiel con el ceño fruncido, mientras este le mira con cara de "Me-da-igual". Los Aspirantes de ese grupo siguen la conversación en silencio.
—¿Qué? ¿Piensas quedarte allí todo el día?— oigo una voz divertida a mis pies— ¡No seas vaga, sube la cuerda!— dice Uriel
Me doy cuenta de que tiene razón. Hasta Kalie me lleva una ventaja de un par de metros. Michael, en cambio, parece tener problemas con la cuerda. Está hablando con Uriel, que de repente está algo más serio, su rostro sin la diversión de hace unos segundos. Me impulso una vez más, y rápidamente empiezo a subir. Entrelazo los pies tras la cuerda para tener mayor sujeción y empiezo a ascender.
Cuando voy más o menos por el metro diez, pasada la mitad, veo que Kalie para de golpe, y pierde el equilibrio. Baja la cabeza al suelo, y luego me mira de nuevo. Una expresión de terror se apodera de sus ojos.
—Vamos Kalie— consigo mascullar, entre jadeos. He parado para hablar con ella, y me cuesta mantenerme sin nada en lo que sujetarme. Pero Kalie parece a punto de caerse. — Vamos, Kalie— repito, recuperando el aliento— Ya queda poco… vamos, sube.
Ella parece recuperar fuerzas con el sonido de mi voz, y asciende un par de metros hasta casi rozar el techo con la cabeza. Pero entonces se vuelve a parar. Escalo hasta quedar a su altura, y le pregunto:
—Kalie, ¿Qué pasa?— ella se muerde el labio– Ya lo tienes. Solo estira la mano, toca el asa y baja.
Ella tartamudea al hablar.
—No-no puedo— mira aterrada al suelo, donde Uriel ya se ha percatado de que pasa algo— Yo… te-tengo vértigo.
¿Qué...? ¿Vértigo? A buen lugar has ido a parar entonces, amiga.
—Vamos Kalie— le animo— Déjalo ya. No pasa nada si o tocas el techo. Baja. Y no mires hacia abajo.
Ella obedece, temblorosa. Yo asiento con una sonrisa y ella me la devuelve, empezando a bajar. Entonces, uno de sus pies se separa de la cuerda, ella pierde el equilibrio de nuevo, y se encuentra colgando únicamente de las manos, gritando, a quince metros de altura.
Yo abro mucho los ojos. Se va a caer.
Pero no. Kalie consigue sacar fuerzas de algún sitio y se amarra firmemente a la cuerda, asegurándose de cruzar los pies bien esta vez.
Yo suspiro aliviada.
Descendemos sin prisa, yo esperando a Kalie, que baja más despacio. Cuando siento el nudo bajo mis pies no puedo hacer otra cosa que sonreír.
Salto el último trozo que me separa del suelo y aterrizo en cuclillas, con Kalie a mi lado. Dan llevaba un tiempo ya abajo, esperándonos. Michael, en cambio, sigue ascendiendo torpemente.
Kalie me sorprende abrazándome.
—Gracias, Leia— dice, y sé que lo dice de corazón— Por ayudarme allí arriba.
—Pero si yo no…
—Ssh— me calla ella— Claro que lo has hecho. Si no fuera por tus ánimos, yo probablemente me habría caído— ve que quiero replicar y me interrumpe de nuevo— Y además, sé que te retrasaste para quedarte conmigo y asegurarte de que bajaba bien.
Yo me encojo de hombros.
—No quería que te pasara nada— admito.
Kalie sonríe ampliamente.
—Ni yo que te pase nada a ti— sentencia ella.
En ese momento oigo a Michael gritarle algo a Uriel, y veo a este haciéndole señales para que descienda hasta el suelo de nuevo. No ha conseguido llegar hasta arriba del todo. Le han faltado unos metros.
                   
Cuando Michael está de nuevo en el suelo, Uriel empieza a hablar rápidamente con él. El chico asiente, con un semblante apesadumbrado. Aparto la mirada, sin querer meterme en asuntos que no me incumben. Kalie y yo volvemos a subir, y esta vez tanto ella como yo mejoramos mucho. Aunque seguimos sin estar a la altura de Dan. Para cuando bajamos de nuevo al suelo, Uriel nos está esperando, con una gran sonrisa en su rostro.
—¿Os apetece hacer una carrera?— pregunta, expectante.
Nosotros nos encojemos de hombros, cohibidos.
—Genial— concluye él. Se ha respondido él mismo— Kalie, contra Michael. Dan, contra Leia.
Yo miro a Dan, solo un segundo, y veo que él hace lo mismo. No tiene tanta seguridad como yo pensé que tendría, teniendo en cuenta que se le da genial esto.
—Primera pareja— dice Uriel, haciendo un gesto con la cabeza a Kalie y a Michael—Preparados— Kalie y su pareja se agarran a una cuerda cada uno— Listos– Kalie flexiona levemente las rodillas, como he hecho yo antes— ¡Ya!
Kalie da un salto tremendo, y se sube la primera a la cuerda. Michael, a su lado, parece en mejores condiciones que antes, pero sigue por debajo de Kalie. Los dos empiezan a subir.
Kalie llega rápidamente al techo, seguida de cerca por Michael. Mientras tanto, aquí abajo nos ocupamos de animar. Dan anima a Michael y yo a Kalie.
—¡Vamos Kalie!— grito—¡Ya lo tienes! ¡Ahora solo baja! ¡Ya has ganado!
Parte del resto los Aspirantes   de la sala se vuelven para mirarnos.
Kalie me lanza una fugaz sonrisa victoriosa. Está a solo seis metros del suelo, de la victoria…
Pero entonces Kalie resbala. Se suelta de la cuerda. Y cae.
Todo pasa a cámara lenta.
La mano de Kalie desprendiéndose del agarre de la cuerda por las prisas. Su expresión de incredulidad y después de puro terror. Mi grito de ánimo convirtiéndose en uno de horror.
Y a Uriel, pasando junto a mí como una exhalación. Se coloca bajo la cuerda y abre los brazos. Veo su rostro tensarse por el esfuerzo de atrapar un nuevo peso. Lo siguiente que veo es que Kalie aterrizado en sus brazos abiertos, ilesa.
Corro a su encuentro, y la abrazo.
Ella tiene los ojos muy abiertos y las pupilas totalmente dilatadas por el miedo. Le acaricio el pelo rubio, intentando tranquilizarla. Su pecho sube y baja mediante espasmos.
—¿Estoy muerta?— pregunta, y si no hubiera sido un momento tan serio, me habría reído.
—No, no lo estás— respondo sonriendo— Él te atrapó.
Le señalo a Uriel, que se acerca a nosotras para ver qué tal está.
—Pues… gracias— balbucea Kalie todavía impresionada.
Uriel sonríe en respuesta.
—No tienes por qué dármelas— dice al tiempo que se levanta– La siguiente pareja, ¿estáis…?
No llega a acabar la frase, ya que se ve interrumpido por el fuerte pitido del silbato de Marcus.
—¡Cambio de puestos, Aspirantes!— grita Marcus, tan malmumorado como siempre
Uriel alza la vista, sorprendido, y mira su reloj. Ha pasado la mitad del tiempo. ¿Tanto? ¿Cómo ha pasado tan rápido?
—¿Adónde tenemos que ir ahora?— pregunta Dan.
Uriel se lo piensa antes de responder.
—Podemos ir a... — su mirada recorre toda la sala, pensativa, y al final se decanta— ¿Qué os parece la zona de sacos?
Lo dice como un pregunta, pero su tono no da cabida a una negación. Yo me muerdo el labio, insegura.
El estridente pitido del silbato vuelve a sonar.
—Debido a una reorganización general, esta segunda parte solo durará media hora, y el cuarto de hora restante se usará en el entrenamiento de después, ¿vale?— el tono de Marcus, como el que acaba de usar Uriel (aunque el de este más amable) es pronunciado como una pregunta, pero es de las que no han de esperar respuesta. De hecho, pobre del que le responda.
Uriel se encoje de hombros, y echamos a andar hacia la zona de sacos. Una mano fría me agarra por el mi hombro. Me vuelvo y veo a Dan sonriéndome.
—Quiero la revancha— dice.
—Tal vez luego…—le contesto, haciendo una mueca desafiante.
—Lo estaré esperando— dice, sonriendo de medio lado— Pero que sepas que te machacaré.
Yo le saco la lengua.
Él me responde con la misma moneda.

Cuando llegamos a los sacos, resulta que ya había un grupo allí. El grupo de Castiel. Los dos ángeles se saludan con un la cabeza.
—Hey— saluda Castiel, y el tono áspero que había usado con Marcus ha desaparecido, dejando en su lugar el tono melódico y tan especial que les correspondía a los ángeles— ¿Cómo tú por aquí? Esta zona me la he pedido yo ahora.
Uriel alza una ceja, desafiante.
—¿Lo echamos a suertes?— pregunta con una sonrisa de medio lado.
Castiel asiente con la misma expresión retadora.
— Si yo gano me quedo con esta zona. Si tú ganas, te la quedas.
—Trato hecho.
—Y si gano yo intercambiamos los grupos en el próximo entrenamiento— propone.
Uriel asiente con la cabeza, y a mi entran unos cosquilleos terribles en el estómago. ¿Qué? Por favor, por favor, por favor, Uriel, gánale. No podría entrenar con él. No podría. Sería demasiado incómodo.
Uriel y Castiel se apartan a un lado, y empiezan a intercambiar comentarios con una sonrisa.

Como diez minutos después, Marcus aparece quién sabe de dónde y empieza a echarles una reprimenda por dejarnos aquí sentados sin hacer nada. Los ángeles se limitan a encogerse de hombros. Perdemos otros diez minutos.
Por fin, Marcus les suelta, y Uriel se vuelve hacia Castiel. No parece que les haya afectado de ninguna forma las palabras de Marcus.
Castiel le hace una señal con la cabeza a Uriel, indicándole que empiece. Este se coloca frente al saco. Me extraña que no se pongan guantes. Eso les va a doler.
—¿Alguien tiene un reloj?— un Aspirante cercano a él le ofrece el suyo, y Castiel lo mira con desagrado— Analógico no, idiota. Necesito uno digital, con cronómetro.
Miro mi reloj de muñeca y me lo desabrocho. Cuando termino se lo tiro y él lo agarra con unos reflejos increíbles. Masculla un “Gracias” sin mirarme, y se vuelve de nuevo hacia Uriel.
—¿Listo?— Uriel asiente. Castiel se acerca al saco, y señala un punto concreto— Si consigues que quede algún tipo de marca has ganado. Es un saco de arena. No es complicado hacer eso— Uriel asiente de nuevo— Tienes treinta segundos. Preparados, listos, ¡Ya!
Uriel empieza a soltar golpes al saco, apuntando al punto que ha señalado Castiel, de esos que si te dieran, te tumbaban de uno o dos golpes. Golpes terriblemente exactos y demasiado rápidos. En una batalla, esos golpes no los verías ni venir. Simplemente estarías en el suelo, y no sabrías como. Básicamente lo que me ha hecho antes. Patadas combinadas con puñetazos que dan como resultado el "combate" más impresionante que he visto jamás.
Los treinta segundos pasan velozmente, y el pitido de mi reloj hace que Uriel detenga sus ataques, jadeando. Se apoya las manos en las rodillas un segundo, para tomar aire, y luego se dirige de nuevo al saco.
Lanza una exclamación triunfante.
—¡Ajá!— exclama, señalando una pequeña hendidura, una marquita casi inexistente en el saco— ¡He ganado!
—Hey, hey, hey, frena un poco, que aún quedo yo— dice Castiel, sonriendo, y se sitúa frente al saco. Lanza mi reloj y este aterriza limpiamente en la mano abierta de Uriel—¿Listo para perder?
Uriel le sonríe burlón.
—Más te gustaría— toquetea un momento mi reloj— ¿Listo? ¡Ya!
A Castiel le toma un momento reaccionar ante Uriel y masculla inteligiblemente:
—Eso es trampa.
Uriel niega con la cabeza, sonriendo maliciosamente.
—No, que va, amigo— le contradice— Eso es ser inteligente y yo que tú empezaría. Los segundos pasan.
Castiel parece salir de un shock.
Al instante empieza a moverse, mucho más rápido que Uriel, y ni tan siquiera nos deja ver dónde golpea. Lo único que nos da la certeza de que lo hace son los pesados golpes que oímos provenientes de él. No me hacen falta ni diez segundos para darme cuenta de quién va a ganar.
Aparto la mirada. No quiero verlo, ni saber el resultado. “Por favor, por favor, por favor, Uriel, gánale. Por favor.” Repito el mismo pensamiento que anteriormente. Un ruido seco me sobresalta y yo alzo la mirada, al tiempo de ver el saco descolgándose de la cadena y cayendo pesadamente al suelo con un golpe sordo.
Marcus empieza a gritar al instante.
—¿¡Pero qué…!?
Castiel se vuelve hacia nosotros, incluido hacia un sorprendido Uriel, con una expresión de satisfacción y una amplia sonrisa en su rostro.
—He ganado.

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